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Año VII- Nro. 96 - Actualizado el 20 de febrero de 2010

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Mariategui frente a la dominación imperialista


Por Andrés Paredes Luyo

La acentuación de la dominación imperialista en el Perú coincidió con la dictadura civil de Legía (1919-1930). El régimen del “oncenio” no sólo abrió de par las puertas del país a la libre penetración de los capitales norteamericanos, sino que aceptó sumisamente las imposiciones del imperialismo yanqui sobre los aspectos estratégicos de nuestra vida nacional e internacional.

Como se sabe, el imperialismo norteamericano copó las áreas más rentables de la economía nacional. Los medios más socorridos para el logro de este objetivo fueron las inversiones directas principalmente en el petróleo, la minería y la agroindustria; la política de empréstitos que amplió desmesuradamente la deuda externa; y el comercio exterior desigual que nos obligó a vender nuestras materias primas a precios bajos mientras la metrópolis imperialista nos entregaba productos industriales sobrevalorados.

De esta manera, Leguía cumplió con aplicar ciegamente la estrategia neocolonialista del Secretario de Estado norteamericano, Charles Evans Hughes, consistente en la exportación de capitales de Wall Street a los países latinoamericanos con el respaldo del gobierno de EE.UU. para asegurar la obtención de máximas garantías y las mayores utilidades posibles.

El Perú se convirtió muy pronto de una virtual colonia del poderoso país norteño. Más exactamente, país dependiente económica y diplomáticamente de los EE.UU., aunque conservando una relativa independencia política.

Los poderosos monopolios no sólo se beneficiaron con la explotación de nuestros naturales, sino que controlaron importantes dependencias estatales. Seligman and Co. manejó las finanzas públicas desde la dirección de la Caja de Depósitos y Consignaciones (encargada de recaudar las rentas). The Fundation Co. construyó importantes obras del Estado. El ingeniero norteamericano Charles Sutton dirigió trabajos de irrigación. Otro connacional, Mr. Fowler, supervisó la producción del estanco de tabaco.

La misión estadounidense, presidida por William Wilson Cumberlan, recibió la tarea de reforzar el sistema aduanero y el régimen de presupuesto nacional. Robert Murray Haig presidió una misión especial para revisar nuestro sistema tributario.

Otros organismos estratégicos del Estado peruano también estuvieron bajo la tutela del imperialismo. Una misión naval de EE. UU comandó la armada peruana. Un militar procedente de ese país fue nombrado Inspector General de Aeronáutica. Y otra misión organizó la instrucción primaria y secundaria destacando a uno de sus miembros para que ejerciera la Dirección General de Educación del ministerio respectivo.

Peor aún, el servil sometimiento del gobierno leguiísta frente a la dominación imperialista llegó a extremos increíbles cuando cedió Tacna a Chile y el Trapecio Amazónico a Colombia; y cuándo apoyó la invasión yanqui a Nicaragua (1927) y el ¨derecho¨ de Estados Unidos de intervenir en la política interna de los países latinoamericanos como ocurrió en la VI Conferencia Panamericana ( La Habana, 1928).

Mariátegui, observador agudo de la realidad económica y social, con el auxilio del marxismo leninismo, captó correctamente el significado histórico de la agresiva dominación imperialista, tanto para el Perú como para los países latinoamericanos. Si bien tal fenómeno se vislumbraba ya desde los tiempos de Simón Bolívar y por otros políticos progresistas de s. XIX, en las primeras décadas del s. XX la peligrosidad de este problema fue mucho mayor. Pero, a la vez, determinó el surgimiento de un creciente enfrentamiento de sectores estudiantiles, obreros y campesinos contra la presencia imperialista. A mediados de los años veinte destacados intelectuales como A. Palacios, J. Ingenieros, M, Ugarte y otros, fundaron la Unión Latinoamericana (ULA) con una plataforma de ocho puntos: uno de ellos condenó al Panamericanismo ( organismo “unitario” continental manipulado por EE.UU.) y otro exigió la nacionalización de los recursos naturales. Mariátegui concordó, desde luego, con las propuestas de la ULA.

Por su parte, el Amauta desplegó una intensa y sistemática campaña denunciando la acción nefasta del coloso del norte, e instando a combatirlo frontalmente desenmascarando, al mismo tiempo, las políticas reformistas y oportunistas. En el caso del Apra, Mariátegui puso al descubierto la maniobra de Haya de la Torre de convertir a esta organización de frente único antiimperialista, en un partido pluriclasista y electorero. E igualmente marcó a fuego el intento hayista de impedir la formación de las ligas antiimperialistas en América Latina, auspiciadas por la III Internacional. Alegó el jefe aprista que tales ligas eran innecesarias en América porque al Apra le correspondía conducir la lucha antiimperialista en esta región. Por esta vía el partido aprista le brindó un señalado servicio a los planes de dominación de Estados Unidos y sus monopolios.

La lucha consecuente y orientadora de Mariátegui fue valorada por el II Congreso Antiimperialista Mundial (Frankfort, 1929) y lo eligió miembro del Consejo General de la Liga antiimperialista Internacional, junto con otros destacados revolucionarios de América Latina, César A. Sandino y Diego Rivera.

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