La acentuación de la dominación imperialista
en el Perú coincidió con la dictadura civil de Legía (1919-1930). El régimen
del “oncenio” no sólo abrió de par las puertas del país a la libre penetración
de los capitales norteamericanos, sino que aceptó sumisamente las imposiciones
del imperialismo yanqui sobre los aspectos estratégicos de nuestra vida
nacional e internacional.
Como se sabe, el imperialismo norteamericano
copó las áreas más rentables de la economía nacional. Los medios más socorridos
para el logro de este objetivo fueron las inversiones directas principalmente
en el petróleo, la minería y la agroindustria; la política de empréstitos que
amplió desmesuradamente la deuda externa; y el comercio exterior desigual que
nos obligó a vender nuestras materias primas a precios bajos mientras la
metrópolis imperialista nos entregaba productos industriales sobrevalorados.
De esta manera, Leguía cumplió con aplicar
ciegamente la estrategia neocolonialista del Secretario de Estado
norteamericano, Charles Evans Hughes, consistente en la exportación de
capitales de Wall Street a los países latinoamericanos con el respaldo del
gobierno de EE.UU. para asegurar la obtención de máximas garantías y las
mayores utilidades posibles.
El Perú se convirtió muy pronto de una virtual
colonia del poderoso país norteño. Más exactamente, país dependiente económica
y diplomáticamente de los EE.UU., aunque conservando una relativa independencia
política.
Los poderosos monopolios no sólo se
beneficiaron con la explotación de nuestros naturales, sino que controlaron importantes
dependencias estatales. Seligman and Co. manejó las finanzas públicas desde la
dirección de la Caja
de Depósitos y Consignaciones (encargada de recaudar las rentas). The Fundation
Co. construyó importantes obras del Estado. El ingeniero norteamericano Charles
Sutton dirigió trabajos de irrigación. Otro connacional, Mr. Fowler, supervisó
la producción del estanco de tabaco.
La misión estadounidense, presidida por
William Wilson Cumberlan, recibió la tarea de reforzar el sistema aduanero y el
régimen de presupuesto nacional. Robert Murray Haig presidió una misión
especial para revisar nuestro sistema tributario.
Otros organismos estratégicos del Estado
peruano también estuvieron bajo la tutela del imperialismo. Una misión naval de
EE. UU comandó la armada peruana. Un militar procedente de ese país fue
nombrado Inspector General de Aeronáutica. Y otra misión organizó la
instrucción primaria y secundaria destacando a uno de sus miembros para que
ejerciera la
Dirección General de Educación del ministerio respectivo.
Peor aún, el servil sometimiento del gobierno
leguiísta frente a la dominación imperialista llegó a extremos increíbles
cuando cedió Tacna a Chile y el Trapecio Amazónico a Colombia; y cuándo apoyó
la invasión yanqui a Nicaragua (1927) y el ¨derecho¨ de Estados Unidos de
intervenir en la política interna de los países latinoamericanos como ocurrió
en la VI Conferencia
Panamericana ( La Habana,
1928).
Mariátegui, observador agudo de la realidad
económica y social, con el auxilio del marxismo leninismo, captó correctamente
el significado histórico de la agresiva dominación imperialista, tanto para el
Perú como para los países latinoamericanos. Si bien tal fenómeno se vislumbraba
ya desde los tiempos de Simón Bolívar y por otros políticos progresistas de s.
XIX, en las primeras décadas del s. XX la peligrosidad de este problema fue
mucho mayor. Pero, a la vez, determinó el surgimiento de un creciente
enfrentamiento de sectores estudiantiles, obreros y campesinos contra la
presencia imperialista. A mediados de los años veinte destacados intelectuales
como A. Palacios, J. Ingenieros, M, Ugarte y otros, fundaron la Unión Latinoamericana
(ULA) con una plataforma de ocho puntos: uno de ellos condenó al
Panamericanismo ( organismo “unitario” continental manipulado por EE.UU.) y
otro exigió la nacionalización de los recursos naturales. Mariátegui concordó,
desde luego, con las propuestas de la
ULA.
Por su parte, el Amauta desplegó una intensa y
sistemática campaña denunciando la acción nefasta del coloso del norte, e
instando a combatirlo frontalmente desenmascarando, al mismo tiempo, las
políticas reformistas y oportunistas. En el caso del Apra, Mariátegui puso al
descubierto la maniobra de Haya de la
Torre de convertir a esta organización de frente único antiimperialista,
en un partido pluriclasista y electorero. E igualmente marcó a fuego el intento
hayista de impedir la formación de las ligas antiimperialistas en América
Latina, auspiciadas por la III Internacional. Alegó el jefe aprista que
tales ligas eran innecesarias en América porque al Apra le correspondía
conducir la lucha antiimperialista en esta región. Por esta vía el partido
aprista le brindó un señalado servicio a los planes de dominación de Estados
Unidos y sus monopolios.
La lucha consecuente y orientadora de
Mariátegui fue valorada por el II Congreso Antiimperialista Mundial (Frankfort,
1929) y lo eligió miembro del Consejo General de la Liga antiimperialista
Internacional, junto con otros destacados revolucionarios de América Latina,
César A. Sandino y Diego Rivera.