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La matanza de la
selva
Algunos
recuerdan que la guerra de los indios aguarunas contra
el Imperio Español se inició en 1599 cuando un
Encomendero que explotaba la zona de Macas pretendió
obligar a los indios a trabajar hasta la extenuación en
procura de más oro, para ser remitido a la Corona y
celebrar pomposamente la asunción de Felipe II. Los
nativos de la región, liderados por Quiruba, se alzaron
con indignación, y no tuvieron mejor manera de mostrarla
que reducir al angurriento y hacerle tragar oro
derretido, que rociaron en su boca con un hueso, hasta
causarle la muerte. Fue, sin duda, un modo de castigar
la avidez de riqueza de los opresores, pero también una
manera de protestar por un régimen basado en el culto a
la fortuna en desmedro de la vida de la gente.
Bien puede
decirse que el conflicto entre el Encomendero y los
nativos, subsiste en nuestro tiempo. Ahora, el oro es
oro, pero también es petróleo, minerales, madera, agua y
bio diversidad. Y hay quienes, por voracidad
incontenible y por obtenerla a manos llenas, están
dispuestos a sobre-explotar la naturaleza pero también a
los hombres. Y hay hombres que se levantan indignados
contra este modo de actuar, y le hacen tragar el oro a
los opresores causándoles la muerte. En la base de ambas
ópticas se ha situado este trágico conflicto, que aún no
ha encontrado un camino sensato de solución. Los neo
conquistadores son conscientes que la selva es un
gigantesco emporio de riqueza. Y es eso lo único que les
importa. Desenfrenadamente quieren “ponerla en valor”,
es decir, lotizarla y venderla para extraerle todo lo
que tiene aunque el precio para ello sea su destrucción
y la muerte de sus pobladores. Y los aguarunas de hoy,
levantan sus dardos y sus lanzas para impedir que eso
ocurra porque para ellos la tierra, el aire, el agua,
son sagrados y forman parte indesligable de su
existencia. Están prestos a dar la vida, como acabamos
de comprobarlo todos.
En esta
circunstancia, no cabe sino condenar la violencia y
repudiar enérgicamente los hechos que derivaran de ella.
Y decir además sin tapujos, que la muerte envolvió por
igual a peruanos que, en el fondo, tienen la misma
condición. Los culpables de lo ocurrido no estuvieron en
este infausto acontecimiento a uno o a otro lado de la
Marginal de la Selva. Estuvieron en Lima, representados
por García y sus acólitos, encandilados por el Poder,
usufructuando la riqueza, y esperando que ella les diera
nuevos dividendos. Y estuvieron también en lujosas
oficinas de grandes consorcios en las capitales de los
países más ricos con los ojos desorbitados contando sus
monedas. Los dedos ensangrentados de las víctimas, les
apuntan ahora, cuando el mundo repudia el drama y el
horror.
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