Sartre decía en 1947 que es imposible
pronosticar cuáles serán los textos preferidos en el futuro y que los autores
que procuran escribir para los tiempos que no verán, ni siquiera pueden tener
lectores en el tiempo más cercano.
Buscar los lectores en el tiempo presente es
lo más plausible y deseable, solo siendo fieles a nuestro tiempo, podemos, si
acaso, intentar permanecer, por lo menos en un futuro inmediato. Sin embargo,
el deseo de durar, como decía Spinoza, es inherente a todo lo que existe en la
tierra y los escritores y sus textos literarios no son excepción. ¿Cómo durar?
¿Cuáles son los textos que duran y por qué razones? Estas son preguntas mayores
que la mayoría de los escritores elude con sutiles motivaciones por la sencilla
razón de que no sabemos, ni remotamente, cómo será el gusto del futuro.
Es relativamente fácil, sostiene Pound,
señalar qué libros son excelentes en un pasado remoto y hasta cierto punto es
posible escoger con acierto textos valiosos de cien o cincuenta años atrás. Nos
empezamos a equivocar con nuestros contemporáneos y poco podemos decir de cómo
hay que escribir y de qué hay que escribir para atraer la atención de las
generaciones venideras. Sin embargo hay algo que sí podemos hacer: señalar
cuáles son las características de los escritores del pasado remoto o reciente
que convocan nuestra atención y qué reclamamos para que ahora mismo nos
interese un texto, que capte nuestra atención y haga que nos sintamos impelidos
a leerlo de principio a fin.
En 1984 Ítalo Calvino preparó varias
conferencias que llamó “Seis propuestas para el próximo milenio” que no alcanzó
a leer en público pues la parca acabó su vida de un modo intempestivo, pero
quedaron escritas para nuestro deleite y comentario. Decía que un barómetro
para juzgar lo valioso hoy día es percibir cuáles son los escritores clásicos,
quienes han soportado mejor las incurias del tiempo que son los que vienen
probados por las lecturas de numerosas generaciones de lectores. Cuando
acariciamos las carátulas de Homero o de Virgilio o de Dante o de Cervantes,
por poco informados que estemos, sabemos que esos libros han convocado la
atención de variadas personas a lo largo del tiempo. Esa inicial curiosidad es
el motor con el que arrancamos nuestras lecturas.
En el tiempo literario más remoto, el de
Homero, la literatura, como la lengua misma, fue preferentemente oral. El ciego
aeda que escribe los famosos versos de La Iliada y la Odisea no sale de esa oralidad; su escritura
sirve a la recitación pública, la ordena y la ritualiza. Solo en segunda
instancia es un autor leído en bibliotecas y en escuelas. Virgilio, en el siglo
I, significa un cambio: es un autor modelo en la enseñanza y aunque se le
recita en alta voz, se le lee en las bibliotecas. Ambos autores, y Dante
también en el siglo XIV, a pesar de simbolizar toda la literatura de occidente,
tienen una obra no demasiado extensa, si la comparamos con las grandes sagas
novelísticas del siglo XIX y XX.
Es el soporte de la escritura lo que varió: la
aparición de la imprenta influyó sobre la extensión de los textos, facilitó que
aparecieran novelas como “Don Quijote”. Sobre el punto, pensando que vivimos
una época acelerada, Calvino propone que la literatura del siglo XXI sea breve
e intensa. ¿Se está cumpliendo este deseo? Sí y no. Sí porque el cuento y la
poesía han resistido el paso del tiempo. En el mundo occidental y en el mundo
oriental el cuento ha probado en las últimas centurias ser un género prodigioso
que se renueva constantemente y produce gemas literarias de un valor
incalculable. De su lado, la poesía, cuya muerte se anuncia desde la época de
Baudelaire, luce cada vez más lozana en los nuevos soportes expresivos y, como
antaño, llega a masas de oyentes, aliándose a la música.
En el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo
XX, las largas novelas, verdaderas sagas de la ficción acapararon la atención
del público; hogaño, aparentemente, según la lógica de Calvino, el hombre que
habita las megápolis tiene menos tiempo para disfrutar de la lectura.
Aparentemente, hasta el año 2000 aproximadamente, las editoriales, creyendo
interpretar el gusto del público, exigían a los autores que publicaban que sus
novelas fuesen breves, que no sobrepasasen las 200 páginas y muchos, ante la
eventualidad de no ser publicados, pasaban por esas horcas caudinas. Pero han
aparecido nuevas sagas; autores audaces escriben novelas en serie con
personajes reconocibles y apreciados por grandes masas de públicos disímiles,
exactamente como ocurría con Balzac o Tolstoi en el siglo XIX. Y es que hay un
vaticinio que se caído: la aseveración de que un medio técnico o un asunto de
disfrute iba a sustituir a otro.
Se pensó que la fotografía iba a terminar con
la pintura, que el teatro iba a ser sustituido por el cine, o que este iba a
sucumbir ante la televisión; se creyó también que la imagen derrotaría a la
escritura. Nada de eso ha sucedido. El mundo del internet resume y concentra
los descubrimientos contemporáneos en materia de comunicación y significa en sí
mismo una alianza indisoluble entre letra e imagen. Desde la aparición de
internet la literatura ha multiplicado sus posibilidades de difusión. Revista o
libro que se coloca en internet no deja de venderse en su versión en papel, por
el contrario, más personan disfrutan del fenómeno literario como nunca ha
ocurrido en el pasado.
Podemos, en nuestra propia casa, “bajar” de la
red poemas cuentos o novelas enteras. Lo que sigue siendo difícil, como en el
pasado, es distinguir qué libros quedarán para el futuro, pero acaso ese sea el
signo de la literatura, la incertidumbre, la valoración siempre provisional,
como ocurre con la vida misma, una caja de sorpresas. Pero lo que podemos decir
es por qué autores apostamos para el futuro, como lo ha hecho recientemente el
filósofo y físico peruano Alberto Cordero quien ha señalado dentro de la
literatura hispanoamericana a Darío, Borges y Vallejo como tres autores que
pueden internarse en el túnel del tiempo y cien años más tarde aparecer lozanos
para nuevos grupos de lectores. .