Alberto Flores Galindo escribió varios libros
y entre los lectores, como ocurre con otros escritores de fuste, no existe
unanimidad sobre cuál es el libro que mejor que lo representa. Lo que no puede
dudarse es que su texto “Buscando un inca, identidad y utopía en los Andes”,
del que hubo dos ediciones en los años ochenta y una más completando la
publicación de sus obras completas, es el ensayo más polémico de cuantos
escribió y que tiene como otro ingrediente atractivo, casi treinta años después
de haber sido escrito, la galanura de una prosa que cualquier lector puede
disfrutar con fruición.
Desde finales de los años setenta del pasado
siglo y en toda la década del ochenta asistimos a rebrotes universitarios de la Utopía Andina que en
su mayor parte se limitaban al campo literario interpretando la labrada poesía
escrita en quechua y la vehemente prosa ternurosa de José María Arguedas. Estos
estudiosos en su mayor parte eran académicos, investigadores, profesores de
historia, de antropología y de disciplinas afines, muchos de ellos con rigurosa
formación en universidades nacionales, norteamericanas y europeas.
Pero Alberto Flores Galindo se diferencia
radicalmente de todos ellos porque se preocupación por el tema de la Utopía Andina viene
tanto de una comprobación empírica de la vigencia del mito, cuanto de un
voluntarismo de reimplantación de los ideales utópicos. Esta línea de trabajo
puede advertirse en Buscando un inca: identidad y utopia en Los Andes, libro que
tiene vasos comunicantes con sus investigaciones anteriores donde ha subrayado
la presencia de factores irracionales en la historia, por eso cuando ha escrito
sobre José Carlos Mariátegui ha puesto hincapié en su relación con Sorel; por
la misma razón en sus trabajos de prosa tan grata, rápida y nerviosa, en sus
ensayos, en el sentido prístino del término, con una simpatía que le es
imposible ocultar desfilan milenaristas y mesiánicos, rebeldes primitivos en la
terminología de Hobsbawm, que al lanzarse contra fuerzas superiores
inevitablemente terminan por ser descalabrados. Por una vez, la historia no la
escriben los vencedores. Flores Galindo blande la pluma a favor de los
vencidos.
La diferencia sustancial de Flores Galindo con
otros estudiosos de la Utopía
Andina como Manuel Burga parece ser la preocupación de aquél
por insertar la historia con el presente, con la política. El propio Flores
Galindo sostuvo que los historiadores no pueden ni deben prescindir del
presente.
Alberto Flores Galindo fue muy consciente de
que no podía escribir sobre la
Utopía Andina sin tratar de la violencia que en esos momentos
convulsionaba a la región de Ayacucho en los mismos territorios que fueron
escenario de Taqui Onkoy. Supo que al igual que el siglo XVII la violencia
quería recubrirse bajo el velo de lo incomprensible. Hizo entonces lo que debía
hacer: recurrir a ese elemento vertebral del razonamiento histórico que es el
método crítico: cotejar las fuentes, ponderar su veracidad, reconstruir los
acontecimientos, establecer una cronología y, al final, no soslayar el juicio
moral.
Flores Galindo, como Moisés Finley y Pierre
Vidal, dos historiadores preocupados de la antigüedad europea, se propuso al
mismo tiempo responder a los requerimientos de la sociedad que le tocó vivir.
Su propósito fue, y ciertamente que lo logró, convertirse en un intelectual
orgánico de las clases populares, usando la terminología de Gramsci. Sin duda,
aquello que escribió en sus últimos años fue su prosa más arriesgada, aquella
que desde la historia se introduce en la política y gana pasión con el riesgo
de perder objetividad. Pero así es la historia, no está escrita por querubines
sino por hombres con determinados sentimientos y puntos de vista. La
objetividad absoluta no existe, los acontecimientos nos conciernen, nos
involucran, nos obligan a definirnos.
En otro texto Flores Galindo ha dicho que
desde 1947 han empezado a predominar los mestizos en las ciudades del país que
a su vez crecían a costa del campo y que hasta ahora permanecen como ignorados
y que es en ese sector donde debe buscarse la respuesta sobre si es posible o
no la Utopía.
En el terreno de la política, como puede
colegirse de la lectura del propio libro de Flores Galindo, rasgos utópicos
aparecen casi sin excepción en todo el espectro, desde agrupaciones
conservadoras como Acción Popular, en el Apra, desde luego, hasta grupos como
Sendero Luminoso o el MRTA, los que están fuera del sistema, pero siempre como
un elemento concomitante, no decisivo.
De otro lado, históricamente, todas las
utopías han marchado a contrapelo de lo que se llama la civilización. A juicio
nuestro no hay razones para pensar que ocurra de diverso modo con la llamada
Utopía Andina, salvo que cremos en la circularidad de la historia.
Colofón
La Utopía no es otra cosa que una demanda de
perfección, un exigir al hombre lo que no es, que abrace a sus antagonistas y
los considere hermanos, una búsqueda absoluta de justicia social y de igualdad
económica. Esta enraizada con la existencia misma del hombre, está en las
palabras de Moisés, de Jesús y de Marx y está, como sostiene Steiner, en las
bocas de los que vagan errantes y despreciados, de vagabundos locuaces a
quienes Dios ha creado incurablemente enfermos de recuerdo y de futuro.
Bibliografía
Alberto Flores Galindo. Buscando un inca.
Identidad y Utopía en Los Andes. (Primera edición: La Habana. Casa de las
Américas. 1986. Segunda edición: Lima. Instituto de Apoyo Agrario.1987).
George Steiner. Nostagia del absoluto. Madrid.
Ediciones Siruela. 2001.
El caballo rojo. Lima, 12.8.1983
El caballo rojo. Lima, 28.9. 1983.
George Steiner. Errata. El examen de una vida.
Madrid. Ediciones Siruela. 2001.
Más tarde percibí algo: Alberto Flores Galindo
era mi vecino, apenas vivíamos a una cuadra de distancia y nos hicimos amigos
de verdad, íbamos de paseo al campo a la playa, visitábamos a Pablo Macera o a
José Ignacio López Soria, editamos una revista con José Watanabe, Lorenzo
Osores, Oscar Peña. Bebíamos vino o agua, en la buena y en la mala. Fue una
persona buena, una de las mejores que he conocido. El día que murió recordé una
oración cristiana, esa que nos susurra que vivimos en un valle de lágrimas.